Levantar los ojos

Fragmento de ‘Trance’, de Alan Pauls, publicado en la colección Lectores de la editorial argentina Ampersand.

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Alan Pauls / Casa de América

Anteojos

La frase fatídica —levantar los ojos— se pronuncia dos veces: la primera como tragedia infantil, la segunda como farsa adulta. Lejos, la segunda es la peor: dura más, es más humillante, convierte ese emblema de autarquía que es la lectura (mi libro y yo solos contra el mundo) en la evidencia, ratificada una y otra vez, por el gesto siempre balbuceante de buscar tanteando los anteojos, de una dependencia que jamás se revertirá. Hasta entonces, todo no ha sido más que un juego de niños. Se da cuenta en serio de la clase de drama que representa «levantar los ojos» el día brumoso —envueltos en nubes los ultrajes tienden a doler menos— en que, leyendo con anteojos, una fatalidad que decide aceptar de entrada, pocos meses después de cruzar la frontera de los cuarenta años, apenas se descubre alejando de sí el diario o el libro o el programa de la obra de teatro o lo que mierda sea que pretenda leer a ojo desnudo, como ha leído hasta ese momento sin dificultad los millones y millones de palabras que ha leído, algo le llama la atención, algo externo, se entiende, que no pertenece al mundo de lo que lee, y levanta los ojos y le parece literalmente que no ve nada, y entiende que la corrección de sus anteojos, la más leve de todas, que perpetuaba sutilmente la ilusión de continuidad que había entre el libro y el mundo, ha caducado, y que la que la reemplazará, como no tarda en comprobarlo, fijará de manera definitiva la ley contraria, la única contra la que no puede ni podrá nada: que hay dos pares de ojos, los que usa para leer y los que destina al mundo, y que todo acomodamiento, en la medida en que ya no sea natural, automático, como hasta entonces, sino una conquista fruto del esfuerzo, no hará sino ratificarla a sangre y fuego.

¿Por qué esa banalidad fisiológica resulta tan traumática? ¿Por qué persiste en él como una llaga abierta, cuando tantas otras desgracias igualmente humillantes lo reclaman, recordar dónde puso los anteojos de leer, sin ir más lejos, de los que depende ahora de manera absoluta, yonqui incurable, lo que más placer le depara en la vida, y que, como es previsible, no deja de perder, olvidarse, rayar, romper? Tal vez, piensa, porque encarna eso a lo que resulta imposible sobreponerse: un desencanto. A lo largo de las fracciones de segundo que le lleva ese día ajustar el foco del libro al foco del mundo, lo que se hace pedazos, para él, es la ilusión, en la que sin duda vive desde que empieza a leer, de que leer es postular y realizar al mismo tiempo la continuidad entre libro y mundo (haciendo del segundo, por supuesto, el apéndice rudimentario del primero). (Pasando por alto las leyes de la herencia, y abusando de cierta hipótesis con la que coquetea desde hace rato para «renovar» el alicaído género de la biografía, según la cual los artistas nunca son tan artistas como cuando fabrican las enfermedades que padecen, se le ocurre que tal vez fue esa misma constatación —el divorcio entre libro y mundo— la que decidió a Borges a volverse ciego). No renuncia. Sigue leyendo. Pero sus ojos, golpeados por el peso de la realidad, se mueven despacio, como arrastrando los pies.

La colección Lectores de Ampersand intenta responder a las preguntas: ¿qué es la lectura?, ¿cómo nos afecta a lo largo de una vida? Los ensayos de la colección buscan recoger experiencias modernas y variadas de una práctica antigua que tiene sus rituales y su historia que muchos han estudiado ya, deseosos de catalogar las diversas modalidades a lo largo de las épocas. El libro se consigue aquí.


Los extractos que compartimos tienen como única finalidad la divulgación literaria y artística. Los derechos reservados sobre estas obras corresponden a su autor o titular.

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Gris Tormenta es un taller editorial que imagina, edita y publica libros que reflexionan sobre la cultura y el pensamiento contemporáneo.

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